O PRESBÍTERO DE 97 ANOS, PROFETA QUE INSISTE CONTRADIÇÕES ENTRE JESUS E A IGREJA
|
ENTREVISTA COM JOSÉ MARÍA
DÍEZ-ALEGRÍA
Por BALTASAR MAGRO.
Fotografía de CHEMA CORNESA
Católico reformista, teólogo, doctor en Filosofía y
Derecho, hermano de dos tenientes generales de la época de Franco
que llegaron a lo más alto en la cúpula militar, Díez-Alegría (Gijón,
?9??) es desde hace cuatro décadas un ex jesuita que convive con
jesuitas. Un personaje polémico, nada convencional en el seno de una
Iglesia a la que siempre ha querido estar vinculado.
Le he encontrado en Alcalá de Henares [pocas semanas
antes de que los jesuitas elijan a su nuevo superior general, el
denominado «Papa Negro»], en una residencia para jesuitas ancianos
situada dentro del complejo de San Ignacio de Loyola, un inmenso
edificio de ladrillos rojos con insignificante atractivo
arquitectónico y con pocos y escuálidos árboles a su alrededor.
Díez-Alegría aparece por el amplio y reluciente recibidor de la
residencia, de una austeridad en la decoración que fatiga, ayudado
por una especie de tacataca. «Ahora, éstas son mis piernas», me dice
sonriente. Las tiene muy deformadas por la artrosis. La delgadez de
todo su cuerpo es extrema, aunque nada parece reducir su buen humor
y vitalidad, la energía a la hora de exponer sus ideas y de
disfrutar con la conversación. Me acompaña hasta una pequeña salita
y allí se acomoda, con mucha dificultad, en una butaca evitando la
luz directa del sol. Apenas puedo ver sus ojos azules, miopes,
detrás de los gruesos cristales alojados en una montura excesiva que
empequeñece, aún más, su arrugado rostro.
A finales de los 50, el padre Díez-Alegría daba
clases de Ética en este mismo edificio de Alcalá de Henares. Por
entonces, había regresado de un viaje de estudios por Alemania, un
semestre sabático después de ser destituido como rector de otro
centro porque su estilo abierto, tolerante, compresivo no agradaba a
las altas instancias de la orden.
P. ¿Es cierto que en sus clases
denunciaba la explotación de los obreros e, incluso, la de los
trabajadores que tenía la Compañía?
R.Pues sí, es cierto. Y es más,
fíjese, una vez fui a dar una charla a la calle Serrano, donde
estaba la casa profesa, la principal de los jesuitas. Allí se
organizaban sesiones de casos de conciencia para ayudar a los
sacerdotes que confesaban. Me pregunté de qué podía hablarles, como
profesor de Ética, a ellos que trataban a gente normal de la
burguesía. Yo, por entonces, me había hecho crítico del capitalismo
real y puse como título de la conferencia Los católicos españoles y
el problema del salario. Y les dije que la legislación era muy
tímida para la defensa de los trabajadores, insuficiente, pero que
los patronos ni siquiera cumplían esos mínimos. Allí indiqué, porque
era lógico ya que estaba hablando en una casa de la Compañía de
Jesús, que la misma situación se producía en España con las
entidades religiosas y sus propios trabajadores, ya que no recibían
los salarios necesarios para facilitarles una vida con dignidad. Y
me pronuncié de la misma manera en muchas ocasiones...
P. ¿Y, de nuevo, volvieron a
aplicarle aquello de promoveatur ut removeatur, que dicen ustedes,
promoverle para quitárselo de en medio?
R. Bueno, no sé bien lo que ocurrió.
Lo cierto es que en Roma había un Instituto de Ciencias Sociales y
necesitaban a alguien que diera un curso de Doctrina Social de la
Iglesia. Algunos propusieron mi nombre y los jesuitas españoles de
la época, allí en Roma, menos un par de ellos, eran tremendamente
franquistas y me rechazaron porque decían que yo tenía unas ideas
raras. Para colmo me invitaron, por aquellas fechas, a dar una
conferencia en el colegio Español en Roma pidiéndome que hablase
sobre la situación religiosa en nuestro país. Procuré que la
conferencia fuera medidísima, pero tuve que ser crítico, como es
normal, con las condiciones existentes. Se armó un lío tremendo. El
rector de la Universidad Gregoriana, un ecuatoriano que llegó a ser
cardenal, me llamó. Le reconocí que había sido arriesgado hablar
así, como lo hice, pero que haberme callado por prudencia hubiera
sido pecado mortal. Finalmente, un padre francés que era el delegado
de la orden en Italia me dijo que había leído todos mis artículos,
ante las críticas que le habían manifestado contra mi persona,
concluyendo que el curso de Doctrina Social de la Iglesia era como
el destino natural para mí. Así que, finalmente, me fui a Roma y
tuve la oportunidad de asistir al concilio Vaticano II en alguna
subcomisión, no es que tomara parte en el mismo, pero había muchos
profesores de la Gregoriana que eran peritos conciliares y, por lo
tanto, puedo decir que estuve en el concilio en entrada de barrera.
Por supuesto, trabajé en favor de la libertad religiosa.
P. ¿Se considera, de alguna manera,
seguidor o discípulo de la renovación teológica que se produjo en el
Vaticano II?
R. Sí. El concilio fue muy
importante, un avance, un mérito tremendo de Juan XXIII. Luego,
Pablo VI, que estimaba muy sinceramente a su predecesor y aceptaba
lo que había hecho, comenzó a asustarse. Creo que se puede decir que
no tenía la misma libertad de espíritu de Juan XXIII y, además,
tenía psicología de intelectual, es decir, de hombre que duda de sí
mismo. Luego, hubo sitios donde el Vaticano II fue aceptado con
enorme entusiasmo, como un punto de partida para seguir aumentando
rápidamente las aperturas. Pablo VI se alarmó, por lo que impuso
mayor moderación. Naturalmente, al final del concilio, hubo dos
posturas. La de que había que aceptar ese concilio, pero era lo
máximo a lo que se podía llegar y debía interpretarse en un sentido
más bien restrictivo. Y otra, que era enorme lo que había hecho,
pero que por las circunstancias mismas, se había quedado a medio
camino.
P. ¿Y hoy, dónde estamos?
R. Hoy ha triunfado la de que hay
que ir, más bien, hacia atrás.
P. ¿Por qué decidió, cuando tenía 70
años, dar testimonio público de su fe con el libro ¡Yo creo en la
esperanza...!?
R. Porque caí enfermo y pensaron que
tenía una esclerosis por placas, lo que suponía mi muerte en pocas
semanas. Así que me dediqué a hacer, por cuenta propia, unos
ejercicios espirituales como estos de san Ignacio, para ponerme con
plena disponibilidad en manos de Dios, sin condiciones, para lo que
quiera Dios. Es lo que se llama indiferencia ignaciana. Acepté la
muerte con paz y tranquilidad. Finalmente, lo que descubrieron era
una lesión congénita vertebral que fue solucionada con dos
operaciones. Durante la convalecencia, la editorial Desclée Brouwer
me propuso escribir un libro. Y pensé que tenía algunas críticas
hacia la Iglesia y las decía, pero sin atreverme a hablar claramente
porque ciertas cosas no se pueden decir, pero como había llegado a
aceptar la muerte, con mucha sinceridad, decidí escribir entonces
con toda claridad y señalar las contradicciones que hay entre Jesús
y la propia Iglesia.
P. ¿Por qué no se ha desligado de la
Iglesia Católica Romana después de fustigarla con sus críticas
diciendo que ha caído en la tentación de la riqueza o del poder, que
Jesús no cree en el Vaticano?
R. No, no, nunca... [largo
silencio]. ¿Y por qué me he mantenido dentro de ella? Gracias a la
Iglesia, yo he conocido a Jesucristo. Si no hubiera Iglesia, yo no
habría llegado a Jesucristo.
P. ¿A pesar de sus imperfecciones?
R. Todas lo son. Pensar que la
Iglesia Católica Romana es perfecta, eso nunca lo ha pensado nadie;
es pecadora. Pero las otras también, todas somos seguidoras de
Cristo, sinceras, pero deficientes. Y, por tanto, entre nosotros,
para empezar, en vez de estar a la greña, tendríamos que sentirnos
hermanos y todos pecadores, diríamos. Y las religiones orientales,
que ahora están muy en boga, el budismo, el hinduismo o el
sintoísmo, algo se dirigen al misterio de Dios. De modo, que tampoco
las debemos ignorar. Bueno, cuando se convierten en patochadas...
Pero, por ejemplo, del budismo tenemos que aprender mucho los
católicos, y yo diría, precisamente, que la jerarquía...
P. ¿Por qué?
R. Porque la jerarquía ama en exceso
su propio poder. En cambio, el budismo lucha contra el deseo
afanoso. Y, sobre todo, eso es claro, contra el deseo de dinero.
P. ¿Y a qué esperanza se refería en
el título de su obra más conocida?
R. Un jesuita, muy amigo mío, que
también está ya retirado y jubilado, se llama José Gómez Cafarena,
acaba de publicar un inmenso tomo sobre filosofía de la religión
cuyo título es El enigma y el misterio. Y lo que viene a decir es
que la realidad es un auténtico enigma y, de alguna manera, la
religión apunta una solución, pero esa solución es un misterio.
Desde otro punto de vista se puede decir así: una fe auténticamente
religiosa, y valiosa, es razonable y deja una serie de
interrogantes; y, en cambio, la adhesión ciega a una idea, eso es
fanatismo. Y una fe auténtica es completamente ajena y contraria al
fanatismo. Yo estoy convencido de que Dios está detrás de todo y es
un Amor inefable, pero es, en cierto modo, incomprensible, ¿no?
P. ¿Y la esperanza es, tal vez, que
el misterio se resolverá tras la muerte?
R. Claro, aquí no lo vemos, la
esperanza está en la resurrección...
P. En ese libro es como si
descubriera a Marx, y Marx le llevara a Jesús, pero no dice nada del
materialismo o de la violencia implícita de la lucha de clases que
surgen de los postulados marxistas.
R. En la filosofía escolástica que
estudié a fondo se abordaba el problema ético de la propiedad
privada. Santo Tomás de Aquino dice que la propiedad no es de
derecho natural, sino de gentes. Pero, sin embargo, los teólogos
conservadores en el siglo XX negaban el análisis de santo Tomás. A
mí, eso no me convencía...
P. ¿Y fue Marx quien se lo resolvió?
R. Bueno, yo llegué a la conclusión
con una tesina, en los estudios eclesiásticos que Pío XI había
modernizado, de que la propiedad capitalista no es de derecho
natural, que podría haber una sociedad donde se admitiera la
propiedad privada, incluso de capital, pero no grandes
concentraciones en manos privadas. Y lo sigo pensando...
P. ¿Y asume todos los postulados
marxistas?
R. Yo siempre me he opuesto al
materialismo y la violencia, por supuesto. Pero hay que tener en
cuenta que el comunismo que existió venía de Marx y Engels, ellos
hicieron el manifiesto comunista, pero hay bastante diferencia entre
los dos. Yo no soy un especialista en Marx, pero creo que esto que
voy a decirle es aproximadamente verdad: fundamentalmente, Marx es
un talento tremendo, analítico; y, por lo tanto, lo que hace es un
análisis crítico del capitalismo que él contempla. Y hay mucha
gente, no marxista, que piensa que la crítica es acertada. Engels
añade otras cosas del orden constructivo, pero además el partido que
se formó en Rusia fue marxista-leninista. Y Lenin era totalitario,
pensaba que con una autoridad impositiva se lograrían los objetivos
políticos. Aunque la sociedad de los zares tampoco era democrática.
De modo que Rusia ha tenido muy poca democracia...
P. Usted dice en sus escritos que la
religión hay que vivirla en clave ético-profética. ¿Qué significa?
R. Claro, como Jesús. La justicia,
la verdadera justicia, para todos, pero empezando por los más
injustamente tratados.
P. Le voy a recordar a otro jesuita:
Ignacio Ellacuría, rector de la universidad centroamericana, que fue
asesinado en ?989 en El Salvador por grupos paramilitares. Él
afirmaba que había que revertir la Historia para superar el
egoísmo...
R. ¡Eso es Jesús! Miré, yo he
seguido a lo largo de mi vida, y mucho más en los últimos años, los
esfuerzos de muchos creyentes sinceros por tratar de acercarse al
Jesús histórico, diríamos. Y efectivamente todos están de acuerdo en
que no se puede reconstruir al cien por cien la biografía de Jesús.
¿Por qué? Porque los textos del Nuevo Testamento y otros textos
contemporáneos de su época, incluso los apócrifos, no son nunca
textos históricos, sino religiosos, de gente convencida, pero los
evangelios nos dan un conjunto de datos sobre Jesús que ningún
personaje de la Antigüedad tiene, ¿verdad? Y, por lo tanto, en los
mismos evangelios, sobre todo en los tres sinópticos de Marcos,
Mateo y Lucas, tenemos allí palabras que están muy cercanas a las
palabras de Jesús, aunque él hablara en arameo. Y Jesús,
precisamente, está en la misma línea que todos los profetas de
Israel en el Antiguo Testamento: «Si vosotros no hacéis Justicia al
extranjero, al huérfano o a la viuda, toda vuestra religiosidad no
me sirve de nada y a Dios le da asco». ¡Y, por esa razón, matan a
Jesús!
P. Usted no cumplió el voto de
obediencia al publicar sin autorización y permiso el libro ¡Yo creo
en la esperanza...! Y es un ex jesuita que vive con jesuitas, que
goza de esa excepción porque se la concedió el padre Arrupe, que fue
general de la Compañía. ¿Sus hermanos alguna vez se lo han echado en
cara?
R. Aquí sigo y he vivido con ellos
con la misma amistad. Por cortesía no han dicho nada, pero yo sé que
hay gente que no se conforma conmigo. Yo con el libro lo que hice
fue aplicar la doctrina de la objeción de conciencia.
P. ¿Ha resuelto ya, a la altura de
su vida, todas las preguntas?
R. ¡No, no...! La religión, de
alguna manera, nos da respuesta en esperanza al enigma, pero es una
respuesta misteriosa, que yo creo que después de la muerte
llegaremos a ver con claridad. Para penetrar inteligiblemente en la
realidad, nosotros tenemos que utilizar ciertos mecanismos mentales.
Kant, aunque yo no sea muy kantiano sin ser antikantiano, dice que
lo que nosotros conocemos intelectualmente son fenómenos,
apariencias; es la realidad revestida de unas ciertas formas
mentales de espacio, de tiempo, de ciertos principios
orientadores... Y que la realidad en sí, que él llama noúmeno, no la
podemos alcanzar. La metemos en una especie de corsé mental.
|
||
|
|
||
|
|
||
|