Qué se dice, quién lo dice, cómo lo dice…
14.07.06 @ 17:31:16. Archivado en
Conciliaridad
El arzobispo Milingo ha
dicho en Estados Unidos que “es tiempo de que la Iglesia se
reconcilie con los sacerdotes casados. No existe curación más
importante que la reconciliación de más de 150 mil sacerdotes
casados con la Iglesia Católica'.
Dejemos a un lado quién, cómo, en qué contexto y por qué lo haya
dicho. Al fín y al cabo, tampoco es el único arzobispo, ni obispo
católico, que, a lo largo de la reciente historia de la Iglesia
hayan planteado este tema, no como abolición del celibato, pero si
como de opcionalidad del mismo.
Si ésta es una preocupación que, desde hace décadas, clama en la
Iglesia y en muchas sociedades, el hecho de que durante siglos, no
desde los inicios, la disciplina de la Iglesia haya sido la
obligatoriedad del celibato para los presbíteros, no debería ser el
argumento con el que cerrar para siempre las puertas de un debate
que preocupa a muchos y a muchas.
La apertura y actualización de un proceso participativo de reflexión
sobre la opcionalidad del celibato sacerdotal y sobre los
ministerios en la Iglesia, puede ser vivida como un gesto de
reconciliación, necesaria y saludable, con esos sacerdotes, más de
una cuarta parte en el mundo, que han podido sufrir mucho en sus
procesos de secularización. Pero, no sería el único gesto, ni
tampoco habría que mirar sólo hacia el pasado, ni siquiera -
pensamos- hacia los sacerdotes como principales protagonistas.
Podemos dar pasos de manera propositiva, situándonos ante los nuevos
retos de la historia. En ese sentido, el que este tema se
replanteara y se dialogara sobre él en la Iglesia, con apertura y
transparencia, sería también signo de compartir preocupaciones con
las comunidades que se ven privadas de unos presbíteros, a veces,
incluso, en ausencia de otros más idóneos en su contexto, que se
sienten llamados a seguir acompañándolas.
Podría significar también escucha y dialogo respetuoso con aquellas
culturas que no ven en el celibato de por sí un valor, sino incluso
la posibilidad de incurrir en error, o de renuncia a un bien social,
como ocurre con comunidades de América y África.
Tal vez sirviera para mostrar el reconocimiento práctico, desde la
institución eclesial y la revalorización de un sacramento y de un
modo de vida que no es para todos, pero tampoco es de bautizados de
segunda categoría. Podría entenderse como una muestra de
acercamiento a unas sociedades a las que, se les habla del inmenso
valor del matrimonio y de la familia, mientras que esta opción les
cierra las puertas de acompañar como presbíteros la fe de las
comunidades; y queda cerrada como posibilidad, a los sacerdotes que
les orientan en la fe y en el compromiso cristiano en su vida
familiar.
Seguramente, este camino de diálogo, si al fin decide iniciarse, de
manera formal y colegiada en la Iglesia, no será una tarea fácil; y
habrá que escuchar con respeto, empatía y caridad, a quienes, a
veces, con argumentos de mucho peso, muestren disonancias con lo que
a cada cual le parece mejor. Pero tal vez sea tiempo de empezar a
considerar este tema, junto con otros, en el proceso conciliar. No
es la panacea, no será la solución a la crisis de la institución
eclesial, pero es un deber y un derecho de los creyentes
preguntarnos y dialogar sobre qué ministerios necesitamos para qué
Iglesia, en un intento de fidelidad